25 De Mayo, Historia

El 24 de mayo de 1810 cayó un jueves. Era casi el final de una semana agitada, con tensiones in crescendo que habían comenzado con la llegada de las noticias sobre la caída en manos de Napoleón del último bastión de poder español, lo que ponía en duda la legitimidad del poder del virrey Cisneros.

Siguió con los planteos de las milicias y culminó con la convocatoria a un Cabildo Abierto el martes 22 y la votación a favor del cese del representante del rey en su cargo.

Ya el miércoles 23 se habían conocido maniobras virreinales para desconocer la votación y fraguar su resultado en beneficio de la continuidad virreinal.

La gota que colmó el vaso cayó el jueves 24, cuando el alucinado Cisneros se nombró presidente de la Junta que debía reemplazarlo.

Muchos, como Manuel Belgrano, fueron perdiendo la paciencia. Cuenta Tomás Guido en sus memorias: “La situación cada vez presentaba un aspecto más siniestro. El Sr. D. Manuel Belgrano, mayor del regimiento de Patricios, púsose de pie y con el rostro encendido por el fuego de su sangre generosa, poniendo la mano derecha sobre la cruz de su espada dijo: ‘¡Juro a la patria, y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese sido derrocado a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas!’”.

Bartolomé Mitre agrega a los recuerdos de Guido que el joven Nicolás de Vedia dijo, dirigiéndose a Belgrano, “eso corre por nuestra cuenta”.

Por la noche una delegación encabezada por Juan José Castelli  y  Cornelio Saavedra se presentó en el Fuerte para entregarle sus renuncias a la junta, que sólo existía en la cabeza del virrey y comunicarle el grave estado de conmoción que se vivía en las calles y en los cuarteles. Cisneros, que se sabía perdido, firmó la renuncia, la junta quedó disuelta y se convocó nuevamente al Cabildo para la mañana siguiente.

Eran las doce de la noche del 24 de mayo de 1810 cuando Leiva, el peón de Cisneros en el Cabildo, el principal operador de la contrarrevolución, fue despertado por una delegación que exigía verlo para entregarle la renuncia que acababan de obtener de Cisneros y el petitorio dirigido al Cabildo.

Leiva se quiso hacer el guapo y se negó a aceptar los papeles. Pero cuando con su candil pudo alumbrar las caras de sus visitantes, se calmó y prometió convocar al Cabildo para el día que comenzaba y que se trataría el petitorio.

Las acciones de agitación se prolongaron hasta la madrugada e incluyeron la recorrida de French, Beruti, Melián, Martínez y Chiclana por los suburbios, convocando a la gente a la plaza para la mañana del 25.

En su recorrida pudieron escuchar en los fogones algunos cielitos y versos que expresaban el estado de ánimo del “populacho”: “Cielito, cielo que sí, / Aquí no se les afloja, / Y entre las balas y el lazo, / ¡Amigo Fernando escoja! / Saquen el trono, españoles, / A un rey tan bruto y tan flojo / Y para que se entretenga / Que vaya a plantar abrojos. / Cielito, cielo que sí, / Por él habéis trabajado, / Y grillos, afrenta y muerte, / Es el premio que os ha dado / Cielito, cielo que sí, / El rey es hombre cualquiera, / Y morir para que él viva,/ ¡La pucha, es una zoncera!” (1)

Otro grupo recitaba estos versos antishispánicos: “No queremos Reina zorra / Ni tampoco Rey cabrón / Ni queremos nos gobierne / Esa infame y vil nación./ Al arma alarma, americanos, / Sacudid esa opresión. / Antes morir que ser esclavos / De esa infame y vil nación”. (2)

El sol del 25 venía asomando.

Citas: 1. Cielitos recopilados por Bartolomé Hidalgo, Cielitos y diálogos patrios, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982. 2. Mayo Documental cit., tomo XI, pág. 313-314.

E.M.